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Durante casi medio siglo, la cámara de Hara ha recorrido España en busca de su esencia; recogiendo momentos y lugares que reflejen su visión personal de un país en transición

Cristóbal Hara (Madrid, 1946) es uno de los maestros españoles de la fotografía en color. Formó parte de Los cinco jinetes, conjuntamente con Cristina García-Rodero, Koldo Txamorro, Ramón Zabalza y Fernando Herráez, de quienes se separaría para encontrar su propio espacio, su singular manera de entender la fotografía, que coincide con el descubrimiento de la utilización de la película de color en su trabajo a mediados de los ochenta. Algo muy infrecuente en la época, que le convierten, de hecho, es uno de los primeros en usar el color para su trabajo más personal. Cristóbal Hara nunca se ha sentido cómodo en el mundillo “oficial” de la fotografía española, prefiriendo transitar por una vía alternativa y más independiente; aunque no tan conocido por el gran público como otros grandes de la fotografía española. Hara es una referencia constante entre una nueva generación de fotógrafos ibéricos, de la que forman parte algunos de los nombres con mayor proyección exterior, dentro de la llamada Nueva Fotografía Documental. Premio Bartolomé Ros a la mejor trayectoria en la fotografía Española en 2016, su trabajo forma parte de algunas de las más prestigiosas colecciones, como la del Museo Reina Sofía, el Stedelijk Museum de Amsterdam o el Art Institute de Chicago.

CRISTÓBAL HARA

Pele amarga

2020.02.01 > 2020.03.14

La exposición Pele amarga (Piel amarga) presenta en Oporto una selección de imágenes que recorren 50 años del trabajo profesional de Cristóbal Hara, cinco décadas como fotógrafo que coinciden con un período esencial de la historia contemporánea de España, la afamada Transición. Durante casi medio siglo, la cámara de Hara ha recorrido España en busca de su esencia; recogiendo momentos y lugares que reflejen su visión personal de un país en transición, con especial atención a la España vaciada y aquellos momentos en que, como en el Quijote -la obra que a su juicio mejor ha reflejado la verdadera naturaleza del país de Cervantes-, la realidad y ficción se encuentran.

 

Inspirado por libros como “The Americans”, de Robert Frank, Hara nunca ha dejado de recorrer los caminos y pueblos de España para profundizar, de manera obsesiva, en el retrato del país que le vio nacer pero del que vivió alejado los primeros años de su vida. Esta relación dual con su identidad es posiblemente responsable de la posición única con la que se coloca a la hora de abordar su trabajo y que determinará su singular mirada, alejada de estereotipos pero nada condescendiente.

 

El título de la muestra está inspirado por un verso de Mi querida España, la canción de Cecilia incluida en el disco Un ramito de violetas y aparecida en junio de 1975, que decía, en su versión original: Mi querida España, esta España blanca, esta España negra / Pueblo de palabra y de piel amarga, dulce tu promesa / Quiero ser tu tierra, quiero ser tu hierba cuando yo me muera (...). La letra del tema fue objeto de censura por las autoridades de la época, aunque en la contraportada del álbum se reprodujera en texto los versos tal y como los pensó Evangelina Sobredo Galanes. El disco y este corte le brindaron a Cecilia un enorme éxito, a escasos meses de su muerte en accidente de tráfico, precisamente cuando el vehículo en el que viajaba atravesaba uno de esas localidades que tanto atraen la mirada del fotógrafo. Un accidente que podría entenderse como otra de las alegorías de esa confrontación entre tradición y modernidad, entre lo urbano y lo rural, que inundan las imágenes de Hara.

 

Pele amarga recoge tanto imágenes de su primera etapa en blanco y negro, a comienzos de los 70 cuando regresa a España para realizar el servicio militar, como algunas de las más emblemáticas capturas a color obtenidas entre los años 1985 y 2013, en los que concentra lo más reconocible de su producción, así como otras nunca antes exhibidas. La selección de obras recorre buena parte de los temas esenciales del trabajo de Hara, como el mundo de los toros, desprovisto de todo el glamour con que suele ser representado; las fiestas populares, de una España atávica que paulatinamente se vacía para abrazar la modernidad y las ciudades; o las celebraciones religiosas que sobreviven a la secularización de una tierra severa como la que protagoniza la mayor parte de su obra. Unas fotografías que pueden parecer duras pero que el autor defiende que son imágenes que reflejan la mirada de un niño. Como la de ese niño extrañado que aparece retratado en la última imagen de la muestra, un particular autorretrato de cómo Hara se sintió a su regreso a España. Un ejemplo más de cómo la ficción puede ser el mejor modo de contar la realidad, como el autor se encarga de subrayar incansablemente.